Hombres para el recuerdo: 

 

 

José Yelo de Valentino


"Valentino no ha muerto. Morir sólo mueren los hombre que pasan por el mundo sin dejar huellas de su paso"
(De la "La Verdad Levantina", Agosto 1924)

He de confesar que comencé a estudiar la figura de Valentino de una manera fría, objetiva, simplemente con la finalidad de cumplir con la obligación que unos cuantos hemos tomado de cumplir con la cita anual del Programa de Festejos. Pero conforme iba adentrándome en su personalidad, me iba apasionando más este hombre, que es, sin duda, uno de los más preclaros del siglo XX abaranero y sin ningún tipo de escrúpulos, se puede afirmar que es de los mejores alcaldes en toda la historia de Abarán. Dos son las fuentes que he consultado para adentrarme en la vida y obra de este hombre ejemplar: los libros de actas del Ayuntamiento y el testimonio personal de muchos que le conocieron. Si a través de los primeros llegaba a la conclusión de su valía como alcalde, de su capacidad de iniciativa para la labor municipal; la conversación con sus contemporáneos me dejaba traslucir a una persona de una envidiable talla humana y una moralidad intachable, un hombre recto consigo mismo y que, por ello, podía exigir una conducta recta a los demás. Nace en 1882, se le pone el nombre de José Feliciano. Es hijo de Joaquín Yelo Molina y de María Gómez Gómez, que viven en la Calle Larga, llamada también del Ingeniero, en el número 15. Tiene tres hermanos: Joaquín, María y Angeles, y se cría en un ambiente de respeto y obediencia. 

En las primeras décadas del siglo XX, dos grandes partidos ocupan la escena política española; conservadores y liberales. Nuestro personaje pertenecía al Partido Conservador. Llega a la Alcaldía por primera vez, siendo muy joven, a los 32 años, en 1914 y desde entonces, no deja de tener responsabilidades municipales prácticamente hasta su muerte, ocurrida a la temprana edad de 42 años, en (1924). 

La situación española es tremendamente difícil en 1914, cuando llega a la alcaldía. No hay que olvidar que el planeta se encuentra inmerso en la primera guerra mundial. La complicada situación política de nuestro país, con el enfrentamiento cada vez mayor entre las diferentes opciones políticas, se ensombrece aún más con esa negra perspectiva internacional. En ese difícil contexto llega a la alcaldía el 1 de Enero de 1914, elevado por el Partido Conservador, José Yelo de Valentino. Este período de alcaldía llega hasta el 1 de Enero de 1916. Al terminar su mandato, hace una memoria de su gestión, que es todo un ejemplo de sinceridad y transparencia. ¡Qué diferencia del triunfalismo que impera hoy en nuestros políticos! El se confiesa "falto de capacidad intelectual y desconocedor del funcionamiento de la complicada maquinaria de la administración municipal". Modestia suma en un hombre que domina perfectamente el quehacer del Ayuntamiento y que sabe las necesidades del pueblo con muchos años de antelación. Su segundo mandato abarca desde el 1 de Abril de 1920 hasta el 1 de Octubre de 1923. Entre los dos mandatos, fue el primer teniente de alcalde. 

Si tuviera que señalar un común denominador en su gestión municipal, destacaría dos notas principales: su preocupación por la higiene y salud públicas y su constante desvelo por los más necesitados. Por lo que hace referencia al primer aspecto, el primer punto que trata en el pleno del 10 de Enero de 1914, apenas una semana después de haber tomado posesión, es la "necesidad de organizar al servicio de salubridad e higiene pública, practicándose inmediatamente una limpieza general de todos los egidos de la población evitándose para lo sucesivo que se depositen malezas o materias inmundas en todo sitio público". Se hace una limpieza general de todo el pueblo durante dos semanas a cargo de varios obreros, que importa 229'50 ptas., cantidad bastante considerable en aquellos años. Se autoriza al alcalde en ese mismo Pleno para comprar un carro u otro vehículo a propósito para trasladar diariamente desde el Matadero público al domicilio de los tablajeros las reses que se sacrifiquen para el consumo y obligar a que el degüello de las mismas se verifique precisamente en dicho edificio. El Matadero fue para él una continua preocupación, pues las condiciones higiénicas del edificio no eran muy apropiadas. El lleva a cabo la construcción de un nuevo edificio. Ello hace que un grupo de buenos abaraneros le ofrezca al Concejo una comida en agradecimiento de tan importante obra. El alcalde agradece este gesto pero propone a los concejales que el importe de la comida sea empleado en dar una comida a los pobres.

La limpieza del pueblo era, para él, una preocupación constante. El riego diario era una obligación y ¡nada de sacudir alfombras o mantas desde el balcón! Todos los que vivieron en esta época coinciden en afirmar que "se podían comer sopas" en las calles. El recorría el pueblo cada día e inspeccionaba hasta el último rincón. Son bastante frecuentes las multas por arrojar basuras o por no cumplir alguna ordenanza municipal relativa a la limpieza. Un caso anecdótico ilustra lo que decimos: En aquellos años de orinar por las calles no era excesivamente raro. Las condiciones de vida y la infraestructura de las casas distaban mucho de las actuales. Había en nuestro pueblo un hombre que debía bastante y, consecuentemente, necesitaba "desaguar" con relativa frecuencia, cosa que hacía en algún rincón de la calle. Pero, al llegar Valentino, todo cambió y el buen hombre se colgó un bote del brazo, el cual le servía de "retrete ambulante". Cuando alguien le preguntaba el porqué de llevar ese bote colgado, respondía: "Pa que no me multe el Alcalde"

Los productos alimenticios debían llegar al consumidor en perfecto estado. Para conseguirlo, dio diversas órdenes, algunas de tanto detalle como el que se hiciera el arrastre de los toros por una puerta distinta a la de los caballos, para que la carne no sufriera ningún tipo de contaminación. Prohibió terminantemente el tocar los géneros en la Plaza. Sólo podía hacerlo el vendedor. Gustaba él de divisar desde el balcón del Ayuntamiento los diferentes puestos de venta, colocados entonces en la Plaza Vieja, llamada de la Constitución. Una mañana observó a una mujer que se disponía a comprar y que estaba tocando unos géneros a la venta. Conoció perfectamente a la mujer y no dudó en mandar al alguacil a que le pusiera la correspondiente multa, lo cual hizo éste extrañado, pues la susodicha señora era ¡la madre del propio alcalde! Era enemigo de favoritismo y prolividades. La ley debía ser cumplida por todos, sin distingos de ningún tipo.

El segundo eje de su mandato fue la preocupación por los pobres y marginados. Eran momentos muy difíciles; la guerra europea asfixiaba económicamente a todo el continente y España no podía ser menos. El número de pobres de solemnidad iba en aumento, el hambre hacía estragos y peligraba también la convivencia pacífica en el pueblo. El 6 de Febrero de 1915 dirige al Gobernador este patético telegrama: "Multitud obreros en manifestación pacífica reclaman pan y trabajo. Los propietarios, con paralización completa de venta cosecha naranjas que se pierde por imposibilidad exportación extranjero, único medio de vida de este pueblo, carecen también de recursos. El Ayuntamiento tampoco puede remediar necesidad tan apremiante. Ruégole reclame del Gobier­no proporcione inmediatamente recursos para solucionar conflicto gravísimo motivado guerra europea".

Sin confiar demasiado en la llegada de ayudas, el Alcalde emplea la mayor cantidad de obreros posible en arreglar caminos, limpiar calles, etc., pero era consciente de que el pueblo, por sí solo, no podía absorber este desempleo, que afectaba en aquel momento a 180 trabajadores.

Recoge a todos los niños desharrapados, que no tenían para comer y que caían por ello, a veces, en el robo. En una casa junto a la iglesia se les daba de comer diariamente, se les vestía decentemente y se les daba lección. Por la noche volvían otra vez a sus casas. ¡Qué gran escuela para acabar con la delincuencia! El estaba pendiente de todos los casos de necesidad que había en el pueblo. Hay algunos detalles muy significativos: en un pleno en 1923, el alcalde propone al resto del Concejo "adquirir y facilitar una cabra lechera al vecino pobre de solemnidad Antonio Tornero Gómez, para amamantar dos niños gemelos que ha dado a luz su esposa" La propuesta fue, por supuesto, aprobada por unanimidad. Además de estas dos preocupaciones, sanidad y pobreza, otros desvelos llenaban su cabeza, como la enseñanza de la población. Las escuelas recibieron siempre de él su mayor apoyo. No hay una sola subvención, solicitada por algún maestro, que sea rechazada por el Ayuntamiento, al contrario, siempre se alienta todo lo que redunde en beneficio de una enseñanza adecuada y completa. Amplía casi al doble el número de unidades escolares, acondiciona los locales que había encima del Ayuntamiento para albergar allí las escuelas e inicia las gestiones para la construcción de un grupo escolar. El censo de niños que recibían enseñanza en 1916 era de 949.

Otra perspectiva de su personalidad es la defensa de los intereses locales, aun a costa de enfrentarse con los poderes públicos. Nada de sumisión o entreguismo. Su postura en el pleito del agua en 1914 es muy significativa. Se viven momentos de gran alteración social en nuestro pueblo y en otros de la Vega Alta, al no haber sido incluida esta zona dentro de la zona regable del Segura. En nuestro pueblo, el Motor Resurrección quedaría, por tanto, fuera de las posibilidades de riego. El pueblo entero se levanta, al igual que Cieza. El orden público pende de un hilo. José Yelo de Valentino no se doblega a las Autoridades superiores y se pone al frente de las legítimas aspiraciones del pueblo. Dimite de su cargo, al igual que todo el Concejo. Una semana más tarde, se concede lo que el pueblo quería y vuelven a ocupar sus cargos. Suya es la famosa frase: "De la entrada le respondo, pero de la salida no", que dirigió a un representante del Poder que pretendía entrar en el pueblo.

Los espacios libres también notaron su paso por la Alcaldía. El fue quien hizo las plantaciones del Parque, "situado en el soto del río", que fue inaugurado durante su mandato, en 1915, invitando para la inauguración a la Tropa de Exploradores de Cieza. También hizo unas plantaciones y mejoras en la Ermita.

A pesar de pertenecer a un partido político, el conservador, liderado en el pueblo por Fernando Gómez, nunca se sometió a disciplina partidista alguna y su único partido fue el pueblo, hasta tal punto que sus mayores detractores (pues ningún cargo público está exento de ellos) se encontraban entre los miembros de su propio partido, mucho más que en los partidos contrarios. Así dice un artículo escrito en "La Verdad Levantina" de aquella época: "¿Por qué tuvo enemigos personales que en nada repararon para combatirlo? Porque fue un innovador, y todos los innovadores son combatidos por los acomodados, por los retrógrados, por los que representan los intereses creados y en gestación. ¿Por qué lo odiaban sus partidarios? Porque su actuación era simpática a todos los abaraneros, sin distinción de ideas y matices y no iba encaminada conforme a las conveniencias del partido".

Sería muy prolijo enumerar todas las realizaciones y proyectos de Valentino. Lo cierto es que tenía una visión clara de las necesidades del pueblo, con mucha anticipación. Ya hablaba en 1916 de la necesidad de un Cuerpo de Bomberos y de la potenciación de los servicios de Correos y Telégrafos, entonces en situación precaria. Fue una pena que una temprana muerte segara la vida de un hombre que, sin duda, hubiera influido de manera decisiva en el desarrollo y en la convivencia posterior del pueblo. Murió a los 42 años el 15 de Julio de 1924. Los últimos meses de su vida transcurrieron en su casa del campo y allí murió. Aquel día, cuando iban a trasladar el cadáver al pueblo, distante unos tres kilómetros, sus paisanos no permitieron que se le transportara en un coche de caballos y lo trajeron a hombros hasta el pueblo. Su muerte dejó a "cuantos tuvieron la suerte de conocerlo sumidos en la más intensa amargura, en el dolor más profundo "(La Verdad Levantina).

Un artículo no puede abarcar la riqueza que encierra la personalidad de Valentino. He intentado llegar al Valentino alcalde y, a través de él, al Valentino hombre. El redescubrimiento de su figura no sólo tiene un valor documental, sino que también debe servir como ejemplo de cuantos ejercen alguna autoridad. Su integridad, su desprecio de favoritismos, su alejamiento de adulaciones y falsas alabanzas, su desobediencia a consignas de partido, su defensa de los intereses del pueblo por encima de todo, hacen de él un modelo a imitar por todos aquellos que se dedican a la cosa publica.

Para terminar, quisiera dejar constancia, como testimonio último del amor que el pueblo sentía por Valentino, de una coplilla que como muchísimas otras (generalmente de carácter satírico) circulaba por el pueblo:

"Ese alcalde muy honrado, 
que hace más de lo que puede, 
por el pueblo es aclamado: 
¡que se quede! ¡que se quede!"

 

José Carrasco Molina.

Aparecido en el Programa de Festejos de 1986.

 

  


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