PASCUAL IZQUIERDEO

Del libro inédito Figuras de retablo

1

QUIERE MORIR ASOLAS

Quiere morir a solas en su propio delirio
quiere morir, aunque llena de herrumbre, erguida como llama,
como lámina antigua, como insigne bastión de los tiempos pasados.
 

Ya no anhela que a sus pies se detenga
              el tiempo y sus ejércitos,
que no pasen los siglos, que no crucen sus lienzos
            las huestes enemigas, que no escalen
                sus gastadas almenas,
            que no llegue la hiedra y el olvido
                  a las piedras más altas.

                                                  Quiere morir a solas en su propia grandeza,
                                                            derrotada y tal vez sin memoria,
                                                  muy vieja la muralla.

2

TAPIA DE ADOBE

Es de adobe y lleva ya tantos años separando

los límites del aire, los pequeños rectángulos,

la soledad inmensa del paisaje,

que apenas tiene hoy fuerzas para seguir de pie.

Es de adobe y, poco a poco, el oleaje de los días

le va haciendo perder su antigua y sólida estatura;

y, aunque se resiste a morir y se tiende humildísima,

ya no pueden subirse hasta su grupa

los astros más antiguos,

las luces del presente y los tiempos pasados,

los aurigas remotos y las últimas

   princesas de cuerpos plateados.

 

Es de adobe y poco a poco va desmoronándose,

hasta que un día ya no pueda

caminar erguida por más tiempo

y entonces se tambalee, caiga y se derrumbe

y quede interrumpida para siempre la memoria de sus pasos.

 


3

 CHOPOS 

Lanzas ayer, hoy sólo chopos

enhiestos del paisaje,

caballeros muy altos y aguerridos,

ejércitos fosfóricos, oros fugaces,

figuras de un retablo ya perdido.

 

Lanzas hoy, chopos ayer,

enhiestos sobre la melancolía,

caballeros al borde del olvido.

 

Chopos hoy, lanzas ayer,

llamas del otoño tardío,

oros de retablo alto y encendido,

caballeros antiguos, que siempre se aposentan

en los márgenes azules de la rememoración o de los ríos.

 

 


4

 

PARED DE PIEDRA

                  I

 

Es de piedra, pero cuánta memoria

guarda entre sus páginas,

cuántas historias de sol y de penumbra se han grabado en su rostro,

cuánta caricia tibia, cuánto frescor de sombra,

cuántas veces la lluvia

ha empapado su íntima epidermis,

cuántas veces la nieve ha querido posarse

sobre la frente ensimismada.

 

Es de piedra, mas tiembla todavía

si una mano escribe nombres propios

o dibuja un corazón repleto de palabras,

cuando llega certero el mediodía y la noche borrosa,

cuando el viento se estrella contra su pecho erguido,

cuando la luz, ya moribunda,

se acerca de puntillas a morir entre sus láminas.

 

 

 

    II

 

Tras la pared, la luz del candelabro,

vacilante y dudosa,

crea ángulos de sombra:

saxofones sonando, ascuas encendidas,

   voz aproximándose, manos que se acercan,

     árboles que tiemblan,

        pronombres posesivos,

           flujo de fraguas y caricias.

 

Es el vértigo de la pasión arrebatada,

la desnudez total de sílabas y cuerpos,

mientras se borran las fronteras de mapas y heredades

y lentamente se diluyen voces y sintagmas.

 


5

 

LA VELETA

 

Está posada en lo más alto de la altura

y desde allí señala los caminos que seguirán las aves,

la intensidad de la ventisca y el curso de los vientos.

Desde su púlpito conoce la proporción exacta

en que deben mezclarse las luces y la lluvia

para que nazca un arcoiris.

 

Desde su cumbre otea

la permanencia del recuerdo, si un pronombre

   va a quedar sepultado por aludes de olvido,

si van a renacer las caricias cuando el alba se asome,

si debe retroceder el horizonte más allá de la línea

   que se pierde tras los resplandores.

 

Con sus ojos metálicos vigila el tráfico de insectos

que va trenzando y destrenzando el aire

y observa cómo se apaga la melancolía

cuando el día se extingue,

cómo queda clavada la luz última

como una espada luminosa sobre la planitud de los eriales.

6

 

LA ESPADAÑA

 

Cuánto caudal de tiempo pasa por sus ojos,

       por sus pupilas entreabiertas, que siempre están mirando

 una tras otra, la misma lejanía,

cuánto caudal de tiempo, unos ríos larguísimos,

un flujo inacabable de hojas ateridas y de pájaros muertos,

un galopar muy lento de caballos con crines encendidas.

 

Cuánto caudal, una lengua incesante de instantes repetidos,

       que se va prolongando minuto tras minuto

y nunca cesa de fluir por las pupilas.

 

PASCUAL IZQUIERDO
                            (Sotillo de la Ribera-Burgos, 1951)

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