AVELINO HERNÁNDEZ

«El día de la matanza»

—Abuelo, que mi amigo dice que sí que sabe cosas del pueblo, no se vaya a creer.

—De verdad. Mire usted, una vez vi en la tele la matanza del cerdo. Para que vea.

—Hijo, a los cerdos en Valdegeña se les llama cochinos si son blancos y guarros si son negros; y también se dice puercos y marranos también; y hasta gorrinos.

Es que en el campo a los animales que son más útiles se les dice muchos nombres. Otro por ejemplo es también burro, que se le llama igualmente asno, rucio, jumento, pollino, rozno y ruche.

—¿Y en Valdegeña también se mataba a los burros, por ser tan útiles, para hacer chorizos?

Mi abuelo se desesperaba por lo ignorante que era mi amigo. Pero, como tenía mucha paciencia continuaba:

—Por marzo, todas las familias compran uno o dos cochinos pequeños. Durante el año los engordan con desperdicios de comida y patatas y berzas cocidas y más cosas. Cuando va a empezar el invierno ya son grandes y los matan. Y hacen chorizos y tocino y jamones y morcillas...

Unos días antes iba el hombre y cortaba en el monte unas matas que se llaman aliagas y las traía a casa. La mujer compraba en Soria canela, anís, pimentón, nuez moscada, pimienta... Un día antes ya lo se le echaba de comer al cochino.

El día de la matanza por la mañana se juntaban muchos hombres y mujeres de la misma familia. Los hombres ponían el cochino en una mesa de madera muy gorda y allí lo agarraban fuerte entre todos y lo mataban clavándole un cuchillo en la garganta hasta que echaba toda la sangre. El cochino chillaba mucho, y luego menos, y luego menos, y luego menos, hasta que se moría.

Entonces le pasaban por el cuerpo las aliagas que trajo el hombre del monte, para quemarle los pelos. Y con una piedra áspera y agua caliente le iban arrancando la piel. Y lo limpiaban por dentro. Y lo partían en trozos. Y a los trozos les echaban sal para que se conservaran. Y los guardaban en unos cajones grandes de madera. Otros trozos los picaban y hacían chorizos con ellos.

La sangre del cochino la recogían en unos cacharros y les echaban migas de pan y arroz y pasas y piñones; y con todo junto hacían las morcillas. Para que estuvieran buenas las morcillas había que cocerlas en unas calderas grandes de zinc en la lumbre. El caldo que salía de cocerlas era muy bueno. Y era costumbre que cada casa repartiera el caldo de las morcillas en unos pucheros de barro a sus familiares y amigos.

El día de la matanza era un día de fiesta; no había escuela. Se juntaban todos los familiares a comer juntos. Y mientras los hombres arreglaban el cochino y las mujeres hacían chorizos y morcillas, los chicos jugaban por toda la casa. Y después el abuelo les ponía un din-don –que es un columpio– con una cuerda y una almohada, para divertirse.

También jugaban al marro. A pídola, a la tanguilla, a tres navíos en el mar, y al palo dorado y al hinque.

Mi amigo iba a abrir la boca para preguntar, pero se le adelantó mi abuelo diciendo:

—Ya sé, ya sé, muchacho, ya sé que quieres que te explique cómo son esos juegos. Pero es que me canso un poco de tanto cascar. Así que te propongo que, al volver del colegio, le preguntes a tu profesor a ver si él los conoce o es tan ignorante como tú. ¡Hay esta gente de la ciudad, que de tan listos parecen que lo saben todo, y luego mira!

(Avelino Hernández, Una vez había un pueblo)