Cuadernos del Salegar
Revista de Investigación Histórica y Cultura Tradicional

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EN EL CAZ DEL MOLINO

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Fragmentos de la novela

MARTÍN, EL MOLINERO         

En el cauce del río Gromejón, a unos pasos de la aldea de Santa Marina de Revilla y a tres partes de un cuarto de legua de la de Quintana, junto a la compuerta que sirve de aliviadero al cauce del molino, donde cada primavera crecen los juncos y un sinfín de florecillas blancas apretadas entre las berreras y el ambiente se llena con la fragancia de la hierbabuena, boca abajo y enredado en unos trebejos de los que se usan para pescar truchas, flotaba el cuerpo de Martín, el Molinero.

El de los Abades es uno de los tres molinos maquileros que los monjes del Monasterio de Silos tienen en la margen izquierda del río Gromejón entre Gumiel de Izán y Santa Marina de Revilla. En este tramo discurren sus aguas regateando entre una hilera de chopos, salces y fresnos. Martín nació y se crió en este molino que, desde hacía ya varias generaciones, el abad del monasterio tenía arrendado a su familia. Las rentas del molino, ubicado en el término de Quintana del Pidio, o Quintana, como suelen abreviar las gentes del lugar, procedían exclusivamente de lo que se obtenía de la maquila, la porción del grano molido que los campesinos pagaban cuando acudían a moler. En época de estiaje, desde san Juan del mes de junio hasta san Miguel del mes de septiembre, se maquilaba de cada diez libras una; y el resto del año, cuando las aguas son más abundantes, de doce libras una. A ello se sumaba una libra de despolvoreo por cada fanega, fuera cual fuese la época del año. Pero de las maquilas que se cobraban por moler el grano había que entregar las tres cuartas partes al monasterio de Silos, propietario del molino, y con cuyos monjes el padre de Martín había renovado el contrato de arrendamiento por otras tres vidas como era costumbre. Junto con la maquila del arrendamiento del molino de los Abades, los molineros estaban obligados a entregar cada Pascua de Navidad cuatro gallinas, dos capones, dos cabritos y seis cántaras de vino tinto de buena calidad al donado que el monasterio tenía en su casa priorato de Quintana para la custodia y administración de sus bienes en la villa.

El entorno del molino era un lugar apacible. La puerta de la casa, orientada hacia el solano, por ella se accede a la sala de moler. A la derecha, por una escalera de madera, se sube a la vivienda; sus paredes son de entramado; y su tejado, a dos aguas, con teja roja. Un portalón a la entrada conduce hasta las cuadras; por la parte norte de la casa penetra el agua del cauce del molino.

En unos cobertizos próximos de adobes se recoge el ganado y se guardan los aperos para la labranza. Al lado, un cuidado huerto pone una nota de color en los aledaños del molino, donde Rebeca cultiva la albahaca y la menta, junto con las hortalizas para el consumo de la casa: berzas de asa de cántaro, acelgas, ajos, lechugas castellanas y negras, puerros y zanahorias.

Al ver a Martín, el Molinero, lo primero que destacaba era su curtido rostro varonil, moreno, sus manos rudas pero hábiles, su pelo denso, anchas espaldas. Martín y su molino eran conocidos por toda la comarca ribereña: a él llegaban cada mañana arrieros de los más diversos lugares. De Santa Marina de Revilla, Quintana del Pidio, La Aguilera, los dos Gumieles, Sotillo, Aranda, entre las aldeas o pueblos más cercanos; pero también bajaban de parajes más alejados: del valle del Esgueva, de la sierra de Entrepinares o de la capital burgalesa.

Martín logró convencer a algunos amigos para que constituyeran con él una sociedad en comandita. Estaba formada por Roque Calvo, el Mozo, oficial de la casa del peso de la harina y depositario del pan cocido; Eusebio Aparicio, corredor de la taza y mesón; Hernando Molero, oficial nombrado por el Concejo para la compra del trigo panadereado para la villa; y, finalmente, Martín y su molino, piezas claves para la molienda del trigo. En casa de Roque Calvo, el Mozo, se vendía el pan para el abastecimiento de la villa y de los forasteros; Petra, su mujer, y la hermana de ésta, Catalina, cernían la harina y amasaban el pan. Hernando Molero viajaba por las ferias de las villas castellanas y conocía a los labradores; traía trigo de Tierra de Campos, Vaquerín, Tierra de Ayllón o Palencia; y era también él quien vendía la harina. Esta sociedad compuesta por los cuatro decididos compañeros llevaron al molino de Revilla, bajo la dirección técnica de Martín, a una expansión extraordinaria por toda la comarca.

Las carretas de la Hermandad de Carreteros Burgaleses y Sorianos llegaban al molino tiradas por seis mulas y conducidas por expertos arrieros. Los carreteros que bajaban de las sierras de Urbión o La Demanda solían hacer su ruta con tres carretas; dos cargadas de madera; y la tercera, de productos ya elaborados en este material: gamellas, taburetes, ubios y ruedas para carros. Y completaban la carga con un buen número de pellejos vacíos para posteriormente realizar el viaje de subida a la sierra con las tres carretas cargadas con los pellejos llenos de vino tinto y clarete, hogazas de pan reciente y las talegas de harina. Llegaban a Aranda a primera hora del lunes, que era el día de mercado grande en la villa, y distribuían las cargas de madera, la más cotizada por el reino de Castilla, entre carpinteros, toneleros, cuberos y carreteros. Después de almorzar en alguno de los mesones, se dirigían por el camino viejo de Revilla hasta Quintana, donde procedían a cargar las carretas de pan, vino y harina. De Burgos bajaban, quincenalmente, dos carretas con cargas de diversas mercaderías para su entrega entre los comerciantes arandinos. Hierros de Vitoria, bacalao curado en Terranova y escabeches de albur, besugo, congrio y sardina elaborados en las factorías de San Vicente de la Barquera y Castro Urdiales, para el abastecimiento de las pescaderías arandinas, eran las manufacturas más habituales entre estos carreteros burgaleses, que posteriormente pasaban por el molino.

El tesón y esfuerzo que habían puesto los cuatro compañeros, la organización del grupo y una apuesta clara por este negocio, unido a su indudable amistad, constituían el motor de impulso de esta empresa tan peculiar. A ello había que añadir como base del éxito y centro neurálgico del negocio unas piezas singulares: el molino de Revilla y sus dos muelas. Las piedras utilizadas para molturar y su técnica de puesta en funcionamiento, que solamente Martín dominaba y conocía, eran la clave por la que la harina que salía de este molino fuera la más apreciada en gran parte de la comarca y con la que se amasaba un pan que ya era conocido en la Ribera y hasta en algunos hornos burgaleses como las hogazas del Gromejón, en clara referencia al río donde se asentaba el molino.

 


UN JARDÍN EN LA PUEBLA

Rebeca se encontraba sola en el patio de la casa, sentada en un banco de piedra bajo la sombra del viejo cinamomo, junto a ella la vihuela que perteneciera a Bernardino de Almonacid, su pariente; las clases de música llenaban una gran parte de su vida y de su mundo interior. Entre sus manos guardaba una carta que le entregara Fernando la tarde anterior y que acababa de volver a leer:

¡Si quisiera seguirme la aurora con la brisa

que besa la boca de ella y balancea su cuerpo!

¡Si las nubes quisieran llevarle mi saludo!

Entonces, al igual que su talle, su duro corazón oscilaría.

¡Oh gacela, que eligió colocar su morada sobre la Osa Mayor,

ten compasión de quien hasta la Osa Mayor volaría!

Contemplaba el discurrir del agua desde la fuente hasta el pequeño estanque rodeado de celindos y jazmines blancos, el olor suave de los mirtos y el penetrante aroma de las flores de un árbol del paraíso impregnaba todo el jardín. De pronto se vio sorprendida con la inesperada visita de Fernando. Al verle se sonrojó, él se acercó, retiró la vihuela que descansaba sobre el poyo de piedra y sentándose a su lado cogió entre sus manos las de Rebeca; sin pronunciar una palabra se miraron a los ojos, sus rostros casi rozándose. Fernando contempló su cabeza inclinada, los labios tan finos, el hoyuelo que a veces se le marcaba en el mentón, el corpiño de raso blanco. Ella se conmovió. Sabía que era el momento de la despedida, quizás fuera la última vez que se vieran. En la mirada que dirigió a Fernando había una honda tristeza, tan sólo el sonido del agua rompía el silencio de aquella tarde de finales de mayo. La despedida tenía lugar en el jardín de la casa que sus abuelos poseían en La Puebla de Montalbán; en esta villa, a orillas del Tajo, había transcurrido su infancia. Al amanecer del día siguiente debía marcharse sin saber por cuánto tiempo la separaban de Fernando, tenían ambos dieciséis años, que habían compartido juntos desde su niñez debido a los lazos de amistad que unían a las dos familias, pero la amistad de la infancia se había transformado en un sentimiento más íntimo y profundo en los dos últimos años. Sus manos permanecían unidas, ¿cómo decirle que quizás se estaban mirando por última vez, que se separaban para siempre, que iban a dejar de ser el uno para el otro como habían soñado en los últimos meses? Fernando volvió a oprimir entre sus manos las de Rebeca.

En las últimas semanas, desde que un hidalgo de la villa apareciera colgado de un almendro en las heredades de la vega alta del río, se habían desatado numerosos problemas y para ocultar el suicidio se acusaba a uno de sus criados, de origen converso. Los ensañamientos contra todos los miembros de la judería se incrementaron, y el mal ambiente que recorría la villa era el motivo por el que su abuelo, con amargos recuerdos de años pasados, decidiera cambiar temporalmente de residencia con parte de la familia. Lo más adecuado era trasladarse a casa de su hija Baltasara, en Burgos, allí serían acogidos en el hogar de la familia de su madre, donde sus tíos disfrutaban de una posición acomodada y disponían de casa y recursos para acogerlos. Además, desde Toledo, había llegado un nuevo Edicto de Fe, que había contribuido a reavivar el odio y las denuncias contra todos aquellos sospechosos de profesar en su intimidad familiar la ley de Moisés. Fernando la miraba de frente con una mirada intensa, afable, tierna. Los ojos verdes de Rebeca comenzaron a nublarse, sus mejillas perdían poco a poco su color sonrosado y al tiempo que palidecían e iba separando sus manos de las de Fernando, unas lágrimas comenzaron a resbalar por su cara. Él acercó una de sus manos hacia los ojos de Rebeca mientras que con la otra intentaba rodear su cintura. Rebeca le detuvo, le besó suavemente en la mejilla, se rehízo, tomó fuerzas y, aunque con voz queda y entrecortada, acertó a decir:

-Adiós, Fernando. Algún día nos permitirán que volvamos a ser felices. 


LA IMPRENTA BURGALESA

 

Alonso de Montalbán abandonó las orillas del Tajo en su juventud y se trasladó a la ciudad de Burgos para hacerse cargo temporalmente de las prensas familiares y de la librería aneja, situadas ambas de cara a la iglesia de San Esteban, lindando por delante con la calle pública y por detrás con la calle de Los Peyrares. Aún recordaba la carta de su tío Diego Martín en la que le pedía que regresara a la ciudad de Burgos para ponerse al frente durante unos meses del taller familiar, una imprenta y librería con todos sus aparejos, prensas y letras, en tanto que su tío se ausentaba de la ciudad para atender sus negocios en las filiales de Lyon, Amberes y Florencia. Diego Martín se encontraba últimamente muy preocupado por la marcha de los negocios en estas tres ciudades, por lo que se veía en la apremiante obligación de realizar este viaje. Antes de marchar hacia Florencia, la primera ciudad a la que había decido trasladarse en su ruta comercial, dejó todo dispuesto para que la imprenta burgalesa quedase representada por su joven sobrino Alonso de Montalbán y para que en su ausencia continuaran funcionando con normalidad los negocios familiares en la ciudad.

Se encontraban reunidos, tío y sobrino, en la trastienda de la librería, cuando se unió a ellos Pedro Martín, sobrino también de Diego Martín y primo de Alonso de Montalbán. Pedro regresaba de la feria de Medina del Campo donde había asistido a una subasta de material para la imprenta; en esta feria había concurrido a la subasta pública de todas las pertenencias del impresor recientemente fallecido, Hilario Benefont. Tras la muerte de su marido, la única preocupación de su viuda fue la de hacer almoneda con todo lo heredado, convertirlo de forma rápida en dinero constante y sonante y olvidarse cuanto antes del negocio del libro.

Pedro abrazó efusivamente a Alonso y se interesó por la salud de sus familiares toledanos. Tras los saludos, informó a su tío del éxito obtenido en la puja de la subasta por los materiales de impresión en la villa medinense, al tiempo que le ponía al día de los rumores que corrían por esta villa y por todo Valladolid sobre los líos de la viuda con un impresor florentino.

-He aquí las urgencias de la viudita -rió maliciosamente Pedro- por obtener cuanto antes una buena bolsa de maravedíes con las prensas y libros, aún sin vender, del buenazo de Benefont. Creo, tío, que hemos hecho uno de los mejores negocios de los últimos años, al menos con las tres Biblias Regias.

La escasa luz del atardecer apenas si dejaba ya visibilidad en la librería burgalesa, por lo que su tío les apremió a echar los candados a la puerta y salir para casa. Pedro hacia la suya, en el barrio de San Román, donde le esperaba Beatriz, con quien se había desposado recientemente; y Alonso y su tío, hacia la de este último, donde se alojaría mientras durase su estancia -breve pensaba- en la ciudad burgalesa.

Diego Martín tenía casa en el barrio de San Esteban, calle de la Coquería, subida hacia el castillo. Caminaba silencioso junto a su sobrino recién llegado de Toledo. Hacía tres años que había muerto Baltasara, su esposa, sin que le hubiera dado descendencia, de aquí el aviso que enviara a Inés de Montalbán, hermana de Baltasara, para que hiciera venir a Alonso, el hijo menor. Tras la muerte de su esposa llevaba una vida retirada y taciturna, apenas si se relacionaba con nadie y sus días se reducían a la monotonía del trabajo. En el camino hacia casa, al doblar la esquina de la calle del Fierro, se cruzaron con un grupo de vecinos que les saludaron; se dirigían para la vigilancia nocturna en los arrabales de Vega y San Pedro de la Fuente. De las calles, entre la iglesia, centro del barrio, y las murallas que establecían una separación con el castillo y las viviendas apelotonadas, venía un denso olor de los más diversos oficios que tenían su taller en este barrio. Alonso levantó la vista y se fijó en el pelo y las barbas completamente blancas de su tío, que a pesar de la vejez destacaban en la penumbra del anochecer por su blanco brillante.

-Tu llegada bien se merece un buen jarro de vino.

Atravesaron la plaza y entraron en la taberna de Crescencio, el tuerto. El tabernero era pequeño y graso, tuerto del ojo derecho, entre su barba negra y cerrada destacaba una nariz roja. Mientras su tío saludaba a la concurrencia, Álvaro acercó dos banquetas hasta una mesa, ofreció una a su tío y se sentó él en la otra. El tabernero les sirvió un jarro de vino. Una vez allí, sentados, su tío se mostraba más afable y comunicativo, le hablaba de asuntos más triviales, de sus viñedos en Quintana del Pidio, del concierto de vihuela al que le habían invitado, en su casa, los Maluenda, por los que no sentía especial simpatía pero a los que respetaba; se interesó asimismo por los rumores que corrían por Toledo sobre el anonimato de una de las últimas obras impresas en su taller burgalés, la Comedia de Calisto y Melibea. También le informó de la boda de Rebeca, su prima, con un molinero de Quintana. La vida en la ciudad, desde que muriera Baltasara, le ofrecía escasos atractivos y, sin embargo, el encuentro con algunos conocidos en la taberna le reconfortó agradablemente. Le pasó el jarro a Álvaro y le dijo:

-Anda, apúralo y vámonos para casa a cenar, allí podremos seguir charlando.

Su tío se acercó hasta el mostrador, sacó una moneda para pagar el jarro de vino y salieron los dos de la taberna.

Una vez en casa, y mientras Mariana les servía la cena en silencio, su tío volvió a retomar los asuntos del almacén y los talleres, al tiempo que cenaban pausadamente ahondó de nuevo en los temas sobre los que habían conversado en la taberna de Crescencio.

-Debes estar al día de los negocios -le decía-. Has de tener en cuenta que el coste de la impresión lo tenemos establecido por resma de papel en blanco, que cubre una parte de los gastos, y por el trabajo específico de la impresión. Últimamente nos movemos en torno a los dieciocho reales, papel y trabajo incluidos, tal es lo que se acostumbra, junto con la décima parte de la tirada que sacamos al mercado o su precio en dineros para pagar al autor. Como ganancias obtenidas, de Cuenca, está pendiente un cobro en especie de dos diamantes, un rubí y un papo de buitre.

El mobiliario de la casa estaba acorde con la sobriedad en que vivía su tío. La cocina, con una mesa de pino que se utilizaba para comer, la chimenea, una alhacena y varios bancos de madera. Tres pequeñas habitaciones con sus camas de nogal, con flocaduras de seda y cobertores de terciopelo verde. El gabinete de trabajo, con su mesa, sobre la que destacaban un tintero de barro azul con sus salvaderas y varias plumas, una de ellas de plata; junto a las paredes, varios estantes con hileras de libros y un tapiz decorado con un paisaje de motivos otoñales, además del escritorio con numerosos cajoncitos, donde guardaba papeles y escrituras, y sus puertas incrustadas de boj; completaban el mobiliario varios bancos y sillas de cuero. Mientras asentía a los datos que le aportaba su tío, Alonso continuaba mirándolo todo, observaba con detenimiento algunos detalles del salón, los visillos, una imagen de Cristo y a sus pies un cordero tallado a cincel con la inscripción Agnus Dei; una arquilla con dos puertas, guarnecida de cuero y sus cajones dentro labrados sobre verde. Su tío seguía hablándole sin detenerse, como si tuviera prisas por informarle en su primera noche hasta del más mínimo detalle. De pronto, su mirada se detuvo en una fila de libros que reposaban sobre un bargueño de nogal de los talleres de Toledo, con incrustaciones de escenas de caza en marfil sobre un fondo de damasco carmesí; junto a varios ejemplares de una misma obra, destacaba su texto manuscrito original. Su tío, al verlo, le comentó:

-Ya sabes que en Sevilla, Toledo, Roma y Salamanca están saliendo a la luz ediciones fraudulentas de la Comedia de Calisto y Melibea que no cuentan con nuestros permisos para su impresión. Todas ellas están sustentadas en el fraude; sus impresores están simulando la fecha de mil quinientos dos para eludir la pragmática real de julio de ese mismo año, en Toledo, y así poder vender los ejemplares. Y, si no, ¿dónde han estado todos esos libros en estos últimos siete años cuando no se encontraba un solo ejemplar desde nuestra edición del noventa y ocho?

De pronto cambió el tono de su conversación para decirle:

-A Miguel González, racionero del monasterio de San Agustín, es conveniente tenerle bien regalado, si no, perderemos el suministro de papel para la estampación de bulas del monasterio; y a Vicente Ruiz hay que abonarle trimestralmente la renta por el alquiler de un aposento en su tarazana de la calle de La Cabestrería, donde guardamos las balas de libros por el tiempo de la visita y otros papeles comprometidos. Uno de estos días acércate a la casa del párroco de la iglesia de San Esteban, te presentas, ya le he hablado de ti, y le entregas estos dineros que guardo en este pequeño cofre y que le tenía prometido como contribución para el adorno con tafetanes de la capilla que se va a dedicar al culto de un Cristo Crucificado, cuya talla se está finalizando en un taller de la ciudad. También me comprometí con él a contribuir con los dineros que fueran necesarios para sufragar el coste de dos de las ocho tablas del retablo mayor, que a pesar de los años transcurridos desde su ejecución todavía no se le ha pagado lo convenido a su pintor; se trata, concretamente, de las tablas de La dote de las tres doncellas y la de La liberación de Adeodato.

Su tío proseguía hablándole, ahora le informaba de que Jenaro de Arechaga tenía que enviar desde Bilbao siete balas de libros procedentes de Thiers y ciento veinticinco resmas del número dos.

-Ponte en contacto con él cuando tengas que realizar alguna transacción comprometida, es el único del que nos podemos fiar en los tiempos que vivimos, y más aún cuando entre las balas venga algún pedido de libros prohibidos.

Cuando Diego Martín se vio obligado a regresar a Florencia y decidió llamar a su sobrino para que tomara las riendas de los negocios familiares en la capital castellana y ocupara el cargo de factor en la imprenta burgalesa, sabía que era necesario tomar una decisión sobre el futuro empresarial de sus negocios. No tenía descendencia y había pensado que Alonso de Montalbán, el hijo menor de Inés de Montalbán, hermana de su mujer, bien podría ser su sucesor. Presentía que todo se le acababa. A su sobrino le había comunicado que se trataba de sustituirlo por un corto periodo de tiempo, pero podía no regresar de su periplo europeo y deseaba dejar solucionados todos los problemas comerciales. Tenía que realizar el viaje a Florencia: su corredor de cambio, Lelio Dati, debía 2.746.800 maravedíes, cifra lo suficientemente importante como para tomar la decisión de llevar a cabo el viaje. Era mucho el oro y la plata que debía recaudar y quería hacerlo antes de que fuera demasiado tarde; y, aunque podía haber enviado a Pedro Martín, su otro sobrino, que comenzó como aprendiz con doce años en el taller burgalés y que desde hacía varios era el encargado de los viajes comerciales, deseaba hacerlo él personalmente, pues tenía que tomar decisiones importantes y era mucho el dinero que le adeudaban algunos de sus socios, los florentinos principalmente. En Lyon tenía que cerrar las cuentas de los tres últimos años con la recién enviudada, Marian Plantin, si es que a estas alturas, conocida su fama en la ciudad, no había dilapidado toda la herencia de su marido, además de despedir a su representante en esta ciudad, al que consideraba, en gran medida, responsable de la deuda pendiente. En la sucursal de Lyon debía recoger y remitir para Bilbao ciento cincuenta y siete balas de libros de leyes que estaban pendientes desde hacía un año y que, sin conocer los motivos, siempre había recibido excusas de parte de su administrador en esta ciudad, el cual no le liquidaba las deudas bajo el pretexto de que agentes judiciales en un registro de la imprenta habían encontrado un libelo prohibido.