Cuadernos del Salegar
Revista de Investigación Histórica y Cultura Tradicional

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EN EL CAZ DEL MOLINO

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO
En el caz del Molino

         El día 21 de febrero de 2003, en Aranda de Duero (Burgos), tenía lugar la presentación oficial de la obra literaria de Juan José Calvo Pérez, En el caz del Molino, editada bajo los auspicios de Cuadernos del Salegar. Lo que pretendía ser un entrañable encuentro entre amigos se convirtió en un acto público donde asistieron muchas más personas de las presumiblemente esperadas. ¡Gracias por vuestra presencia!

            Aquel día hubo gente que, muy a pesar suyo, no pudo asistir. La razón que nos mueve a publicar lo allí dicho no es otra que responder a las diversas peticiones que nos habéis manifestado bastantes de vosotros que deseabais acompañarnos, pero no os fue posible. No sin cierto rubor nos hemos decidido a plasmarlo en un número de Cuadernos del Salegar. En él aparecen las intervenciones de los diversos presentadores (¡nuestro agradecimiento más sentido y cordial a Montse, Pascual y Arsenio!). A fin de cuentas, la obra En el Caz del Molino, de Juan José Calvo Pérez, editor de Cuadernos del Salegar, habla por sí sola. De hecho, algunos de vosotros la valoráis muy positivamente. Si estuvierais interesados en adquirir algún ejemplar –aún nos quedan– ya conocéis los canales personales de distribución. Nuestra gratitud a todos, incluido el apoyo «logístico» entre la familia. 

1. Una perspectiva de belleza

(Roberto Calvo Pérez)

            Para comenzar, permítasenos acudir a la pluma humanista de Elie Wiesel –premio Nobel de la paz en 1986– desde su conocida obra Contra la melancolía. En ella nos habla de unos personajes concretos, encuadrados en la corriente hasídica, que tan ampliamente se extendió en Europa durante la época moderna, y que refleja el corazón de la fe judía tal como se vive en el largo exilio de su dispersión entre los pueblos. Nacida de la persecución y de la desesperación, la fe de los maestros (los rabinos) parecía luchar contra una tenaz melancolía, próxima a la desesperación, porque el Mesías no llegaba, porque tardaba en venir. Sin embargo, el logro más asombroso del hasidismo fue restituir a las personas su facultad de admirar, de creer, de confiar, de amar. En medio de la degradación hacían posible la dignidad en la des-gracia. Dice así:

“Es comprensible: basta con echar una ojeada sobre la Europa de la época y sobre sus judíos. Si un Rabí pasea una mirada de pueblo en pueblo, ve regiones enteras que se revuelcan en el odio y la sangre. Vejados, perseguidos, golpeados y humillados, ¿de qué tienen más necesidad los habitantes de esos pueblos? De un poco de paz; de un poco de fe. Necesitan a un Rabí. Hay alguien que los quiere lo bastante como para interesarse por sus preocupaciones cotidianas. Alguien toma parte en sus historias; alguien que los hace participar en la Historia. De pronto ya no están mudos ni son inútiles. Son, sin saberlo, poetas. Esto es el hasidismo: una llamada irresistible a la poesía. La vida, sin poesía, no sería más que un fardo abrumador. Para vivir y sobrevivir, estas gentes tienen necesidad de palabras humanas, de una voz fraterna que les ayude a descubrir o a redescubrir el mundo y su belleza, el cielo estrellado y la aurora que en él se anuncia. Quizá mañana pierdan toda razón para esperar o para vivir; pero hoy, aquí, un canto de amistad los exalta, los lleva en sus alas el deseo del deseo. Con su Rabí, en torno a él, se elevan para encontrarse en el séptimo cielo y gustar en él, en un instante, el ardor y la ebriedad de la eternidad”.

            En aquella situación las personas, especialmente las más sensibles y abiertas a lo bello, necesitaban una palabra, una narración, que les hiciera mantener el deseo del deseo, algunos motivos de paz y esperanza. Quizá, aquel pasado no sea tan diferente a nuestra sociedad fugaz y globalizada. También hoy es precisa una palabra o un susurro que devuelva la calma y abra otras perspectivas a la vida concreta, en su entramado personal, social y colectivo. ¡Harto dura se vuelve la insoportable levedad del ser como para cerrar las ventanas a la brisa de lo bueno, verdadero y bello!

            Ahora puede ser el debilitamiento psíquico o la indiferencia. Quizás la amenaza de guerra, intolerancia o injusticia en la aldea global. O puede que sea la opción indiscriminada (oculta pero más real que el aire que respiramos) contra la naturaleza, las personas en libertad o la justicia solidaria. No es una cuestión localizada. Tanto se da en Estados Unidos como en Irak; en Israel como en Palestina, en cualquier pequeño poblado africano como en una desconocida zona de Latinoamérica. Pero también entre nosotros, en esta Europa y en esta España: en la Europa del Este, en Euskadi y hasta en Quintana del Pidio.

            Pasó ya antaño. Muestra de ello es la obra literaria que hoy se presenta. Creación con un entramado bien organizado y sugerente, como ha dicho Avelino Hernández, este afamado escritor soriano, a quien hoy echamos en falta no por su voluntad ni su deseo expreso y a quien recordamos entrañablemente.

            Más allá de las cualidades del autor y de la obra, de lo cual nos darán fe los presentadores, nos gustaría que este libro, en cuanto narración literaria, sirviera para aportar una perspectiva de belleza y deleite entre una inmensa minoría de lectores. Alguien muy conocido años atrás se  interrogaba sobre una cuestión que esta tarde hacemos nuestra: “¿Por qué huís de la belleza si ésta es lo único que nos puede salvar de la desesperación?” (Pablo VI). Queremos creer que En el caz del Molino se abren horizontes a otros mundos innombrables; que en cuanto obra literaria nos conduce por defecto a las puertas de algunos de aquellos paraísos que todos, a nuestro modo y manera, anhelamos; incluso deseamos que nos ayude a soñar los sueños no soñados del amor.

            De igual modo que el autor plantea un drama, inconcebible pero real, en esa misma medida, la recreación literaria puede abrir sendas hacia la aventura de lo absoluto desde unos insinuantes lenguajes que van más allá de la mediocridad y del individualismo. Por eso mismo, aquí y ahora, también el arte debe ayudarnos a imaginar un mundo (posible y necesario) en paz. Y el compromiso ético nos emplaza a decir ¡no a la guerra!

            Ya, para ir finalizando nuestra breve y apasionada intervención (lo reconocemos), queremos dejar constancia de que esta obra se ha fraguado en torno al taller de Cuadernos del Salegar. “Lo malo –o lo bueno– que tienen los momentos importantes de la vida es que casi nunca te enteras de que lo son”. A lo largo de estos días no he logrado recordar el momento exacto en el que se concretó la idea de iniciar Cuadernos del Salegar; pero lo cierto es que vino fraguada bajo la curiosa mezcolanza del suave aroma de los olivares toledanos y de los gélidos inviernos de Quintana del Pidio en torno al calor de la chimenea. Entre la memoria y el horizonte de este proyecto de Cuadernos del Salegar se inscribe la obra de mi hermano Juanjo, En el caz del Molino. Obra que, sin más dilación, pasamos a presentar.

2. Entre la lírica afectiva y el odio ancestral    (Montserrat G. Román)[1]          

Bueno, yo estoy aquí porque tuve el privilegio de ser una de las primeras personas que leyó En el caz del molino. No les voy a contar la novela, porque de lo que se trata es de que ustedes se la compren. Así que sólo les voy a mencionar cuatro detalles, para meterles el gusanillo en el cuerpo.  

Por cierto, no la busquen en librerías, vayan a internet y tecleen Cuadernos del Salegar. Por si no saben lo que es el salegar (esto va para los que no son de Quintana), el salegar era el lugar donde los pastores daban la sal a las ovejas (les confieso que yo tampoco lo sabía hasta que lo leí en Cuadernos del Salegar).  

Dicho sea de paso, esta web, editada por Juanjo y su hermano Roberto (y en la que Pascual Izquierdo es uno de los colaboradores estrella), es una maravilla, así que no dejen ustedes de visitarla. Los textos que aparecen en Cuadernos del Salegar sobre Quintana del Pidio y la Ribera del Duero no tienen desperdicio. Y hay un poco de todo, como en botica: el Carnaval, la vendimia, la  Navidad; la virgen de los Olmos, (la patrona de Quintana), la Cofradía de la Vera Cruz; el mes de mayo, los lagares, las bodegas, la matanza del cochino.... Hasta mencionan una coplilla que cantan en Quintana a San Antón, el patrón de los animales, en la que, como buenos ribereños, le recriminan que no le guste el vino. Y dice así:

«San Antón, santo francés,
santo que no bebe vino,
lo que tiene a sus pies
es un cochino”.

Hay muchos otros temas en Cuadernos del Salegar, y todos muy interesantes. Así que les invito a que visiten esta web, tengan intención o no de comprar el libro (hombre, mejor que se lo compren: por 13 euros se lo envían contra reembolso). Ya nos gustaría a los de Torresandino, que por aquí veo a unos cuantos, tener una página así en internet.

Vuelvo al Molino. Yo me enamoré de la novela de Juanjo en cuanto cayó en mis manos. Juanjo me pidió que le echara un vistazo, y me gustó tanto que la leí y la releí, y  la cuidé como si fuera un texto mío. Así que durante varios meses, porque lo hice a ratos sueltos, estuvimos Juanjo y yo mail va y mail viene, metidos a molineros.

Es verdad que en este amor a primera vista, influyó mucho el que los paisajes castellanos, que tan bien describe Juanjo en su novela, sean también los paisajes de mi infancia. Por ejemplo, cuando Juanjo menciona de pasada a las chiribitas (una especie de margarita, así las llaman en Quintana), recordé como en un flash una escena olvidada: los collares que de muy pequeña (tendría yo tres o cuatro años) me hacía con las margaritas que recogía en el Manzano. El Manzano es una zona de Torresandino que se llama así porque por allí pasa (o pasaba, porque creo que ya está seco) el arroyo del Manzano, y allí me llevaba mi madre cuando ella iba a lavar.

Salvo las viñas, que en Torresandino han desaparecido (y bien que lo lamentamos ahora que la cebada no da ni para pipas), el paisaje de Torresandino es muy parecido al de Quintana. Juanjo, ya lo comprobarán ustedes cuando lean la novela, utiliza en El caz del molino muchas palabras antiguas, con solera, de esas que sólo se oyen, si uno pega la oreja, a los viejos castellanos. Ésa es otra de las gozadas del libro, pero hay muchas otras más.

El capítulo que más me gusta de En el Caz del Molino es Un jardín en la Puebla. Tiene un tono lírico y afectivo (por si no lo saben, Juanjo también escribe poesía) que te atrapa y te deja con ganas de saber más sobre ese amor adolescente que se describe.    

Porque En el caz del molino, hay varias historias de amor. El amor ardiente de los años jóvenes, entre Fernando y Rebeca de Montalbán. El amor entre Álvaro, hermano de Rebeca, y Clara, hija de un cristiano viejo de pura cepa, con la que, por ser judío, no se pudo casar. El amor sereno que da los años, entre Rebeca y Martín, el Molinero. El amor filial entre Álvaro y Rebeca, los dos hermanos, unidos aún más por el hecho de ser judíos y la persecución que esto conllevaba en el siglo XVI.

Pero por encima de estas historias de amor planea un odio ancestral (que se describe de forma admirable en la novela, y que atestigua Juanjo de forma magistral con los documentos del siglo XVI que transcribe fielmente) que arrasa con estas cuatro historias de amor: el ocio secular hacia los judíos.

El odio hacia los judíos arrasa con esas historias de amor. Ni siquiera convertidos al cristianismo dejaban los judíos de ser mirados con lupa, expiados; puesto siempre en tela de juicio si su conversión a la religión católica era o no sincera.

Este odio secular hacia los judíos arrasa con el amor de Fernando y Rebeca, aunque Rebeca siempre lo guardará en su corazón. Arrasa con el amor de Álvaro y Clara, a quien Álvaro nunca olvidará. Corta de raíz el amor entre Rebeca y Martín el Molinero. Y se mantiene la incógnita (porque el final de la novela es abierto, y queda para nosotros, los lectores) de si ese odio ancestral hacia los judíos conversos llegará a cortar   también de raíz el amor entre Álvaro y Rebeca, los dos hermanos: ¿los dejarán en paz?, ¿dejarán de ser perseguidos?

Ésta es mi lectura de la novela, pero por supuesto, que no es la única, y a lo mejor ni la más acertada. Afortunadamente, porque si todos sacáramos las mismas conclusiones después de leer un libro, sería muy aburrido (cómo iban a ganarse el pan, los críticos, además). Cada lector se apropiará de En el caz del molino, y le atraparán unas cosas y pasará de puntillas por otras. Porque, ya saben, influyen muchos factores para que una lectura te aporte algo o no, te llegué o no al fondo del corazón: tus vivencias personales, tus lecturas anteriores, tu identificación, de algún modo, con los personajes, tu estado de ánimo en ese momento...

Sin embargo, estoy segura de que no pasarán de puntillas por uno de los capítulos de la novela: Fernando. En los tiempos que corren, cuando tan intolerantes nos mostramos a veces con los que son diferentes a nosotros, con los que vienen a ganarse el pan a nuestro país, por ejemplo, olvidándonos de que no hace tantos años éramos nosotros los que íbamos a Suiza o a Francia a hacer lo mismo, y cuando tan reciente están las manifestaciones en contra de la guerra de Irak (por cierto: ¿fueron ustedes?: NO, A LA GUERRA!), pone los pelos de punta el capítulo de En el caz del molino en el que se describe un auto de fe.

Ya saben, en los autos de fe, la Santa Inquisición quemaba vivos a los acusados de herejía (con pruebas o no, con falsos testimonios arrancados a la fuerza, como en el caso de Gaspar el Cojo, uno de los personajes más logrados de la novela). Esa descripción del auto de fe es tan estremecedora que se le pone a uno la piel de gallina.

No les cuento más, espero que ustedes lean En el caz del molino y lo comprueben ustedes mismos.

Por cierto, si encuentran alguna errata en la novela, la culpa no es de Juanjo, sino mía. Ya saben, las erratas son las últimas en abandonar el barco (o el molino). 

3. La obra: reconstrucción histórica y fantasía novelesca  (Pascual Izquierdo)[2] 

            Nos encontramos hoy en la presentación de la obra En el caz del Molino, texto que edita la Asociación El Salegar y que constituye el primer trabajo literario publicado por Juan José Calvo. Permitidme que, en los minutos que siguen, haga un breve análi­sis del mismo.

            Son tres, en mi opinión, los elementos principales que destacan en el libro: el tra­bajo de recreación de una época histórica, el bucle de fantasía adicional que se superpone a la trama novelesca (y que incluye la aparición del autor de La Celestina, del Lazarillo y del inventor italiano Juanelo Turriano) la abundancia de expresiones que se relacionan con la vida del campo.

            Me extenderé, a continuación, en cada uno de estos apartados.

            El trabajo de reconstrucción de una época histórica, realizado con precisión de orfebre y colorido de iluminador de códices, abarca varios ámbitos: el de las formas de vida, el de los oficios y el de los espacios. El escenario urbano del Toledo del siglo XVI aparece perfectamente reflejado en la novela y con él la práctica medica y la situación de los judíos toledanos, acosados por el miedo la discriminación. Así, se citan la puerta del Cambrón, la cuesta de San Martín y la de Azacanes, el barrio de Anteque­ruela, el alto del Alcázar, la torre de los Mozárabes, el puente de Alcántara el castillo de San Servando.

            El escenario burgalés también se muestra fielmente dibujado, ese escenario de rúas y conversos, alguno de los cuales pudo alcanzar la dignidad arzobispal, ese Burgos que fue uno de los principales focos de impresión de Castilla, ese Burgos abarro­tado de clérigos sensibles a la dádiva y hasta al soborno, que recibían dinero de familias judías para sufragar las tablas que un artista de la época pintaba para el retablo mayor de la iglesia de San Esteban. Ese Burgos que, en las prensas que Fadrique de Basilea poseía en la calle del Azogue, publicó la primera edición de la Comedia de Calisto y Melibea.

            Pero el protagonismo en la recreación de formas de vida y espacios se lo lleva Quintana. Del Pidio, naturalmente. Juan José Calvo, tal vez aprovechando los trabajos de investigación desarrollados por los Cuadernos del Salegar, se deleita en la recons­trucción de ese escenario rural que forma el río Gromejón y su vega, la aldea de Santa Marina de Revilla, la iglesia de Santiago, las casas y los campos, el molino del Abad, las paredes de adobe y los chopos de ribera.

            Dentro de la reconstrucción de oficios, el autor se detiene con especial morosidad en tres: el de molinero, el de impresor, y el de batihoja o elaborador de pan de oro y plata. En un segundo plano se analiza también el mundo del transporte de la época, con su tráfico de sacos y carretas, y el de la profesión médica.

            Debo señalar que la labor de documentación realizada para conseguir la recreación histórica es tan rigurosa y está tan concienzudamente hecha que, en algunos momentos, llega hasta subrayar lo microscópico, como, por ejemplo, acontece con la alusión al Tratado de cetrería y enfermedades de las aves de caza, que el maestro bati­hoja de Ayllón había decorado para el duque de Peñaranda.

            La trama novelesca que se desarrolla  En el caz del Molino tiene como motivo central la desventurada peripecia que rodea a un grupo de judíos conversos, con descripción de los métodos empleados por la Inquisición para perseguir a los sospechosos de simpatizar con la ley de Moisés mantener, al mismo tiempo, los privilegios de las fuerzas dominantes. Dentro de la trama novelesca destaca la audacia de superponer un bucle de fantasía adicional que logra reunir en un mismo plano narrativo al autor de La Celestina, al del Lazarillo y al arquitecto hidráulico y mecánico italiano Juanelo Turriano.

            Uno de los aspectos que añaden mayor interés a la novela se centra en la recrea­ción de las formas de vida practicadas en un pequeño municipio castellano del siglo XVI, formas de vida que se manifiestan, con expresividad y elocuencia, en el lenguaje utilizado para describirlas o evocarlas. Quintana (del Pidio, naturalmente) aparece reflejado En el caz del Molino mediante el lenguaje que Juan José Calvo emplea, bien resucitándolo del arcón de la memoria o bien rescatándolo de un próximo olvido. Se fijan en el texto, en esta nueva memoria de tinta y celulosa, muchos vocablos enraízados en la tierra de Quintana, vocablos que definen los usos y costumbres de la vida cotidiana o se refieren a la flora y la fauna.

            Así, aparecen términos relacionados con el transporte de la época: esas carretas que recorren los caminos cargadas de gamellas y ubios. Términos, relacionados con los molinos, tales como rodezno, álabes y saetín. Términos relacionados con el paisaje, la vegetación o la naturaleza: la amplitud de la vega del Gromejón; carrolizos, junque­ras, berrañas; prados, arroyos, herbazales; flores blancas que crecen entre las berreras; una olmeda, un cinamomo en cuya rama se posa un petirrojo, un avellano en el molino; los espinos florecidos; varios barrancos, una poza, una hilera de salces y fres­nos; viñas con sus primeros tallos, la maleza del socaz, un robledal que se incendia en otoño; campos de cereal, laderas con encinas y pinos, majuelos que en vendimias se visten de colores flamígeros; y chopos que despiden luces y aromas, muchos chopos, unos nacidos a orillas del Gromejón y otros al borde del Jarama; nogalas “con su esqueleto ramificado por los hielos del invierno”, colmenas amasando la dulzura de la miel; fragancias de hierbabuena, olores de salvia, cantueso y espliego; almendros que tardan mucho en florecer. La presencia de la naturaleza se siente como un latido poderoso que da vida al escenario y a la propia narración.

            No escasean tampoco las expresiones referidas a la vida animal. Y así, se oye el canto de la cucurujada y de la codorniz, el graznido de los cuervos, el reclamo del cuco, el batir de alas de los abejarucos, el chiar de las golondrinas, el vuelo de una marica, el croar de las ranas, el aleteo de las palomas torcaces, el alboroto de los gan­sos, los juegos de una pareja de tórtolas, el piar de un petirrojo, los ojos de una lechuza que brillan en la noche.

            Las fórmulas expresivas que recrean usos o costumbres relacionados con la vida rural de Castilla constituyen otro elemento clave, ya que sirven para rescatar la memoria del pasado. Y así, afloran en las páginas del libro datos y fórmulas inscritas en el devenir cotidiano del lugar: existen unos llamados «cobros del molinero», se da el «ejechar el grano», se hace «un orujo con macuquillas y endrinas», hay un tiempo para lagarear y se mencionan unos oficios que hoy nos parecen llamativos; se cita un “oficial del peso de la harina y depositario del pan cocido”; un “corredor de la taza y mesón”; un “oficial para la compra del trigo panadereado”. A. veces, dentro del análi­sis de las formas de vida que se dieron en un pueblo castellano del siglo XVI, la pasión por el detalle llega a extremos que hoy nos parecen sorprendentes. Y así, sabemos que Rebeca cultiva “berzas de asa de cántaro y lechugas castellanas y negras” que yo, a pesar de haber nacido en Sotillo de la Ribera y conservar todavía mi raíz rural y castellana, no acierto a reconocer.

            Sorprende también la abundancia y variedad de términos geográficos, como si el nombre de los pueblos, las sílabas que designan el paisaje y evocan los lugares, consti­tuyeran el aroma necesario para recrear el pasado en su totalidad. Términos geográfi­cos que no sólo se circunscriben al ámbito de la Ribera y las cercanías de Quintana (Aranda, Gumiel de Izán y de Mercado, Santibáñez de Esgueva, Sotillo, Rejas de San Esteban, Espeja, Peñaranda, El Burgo de Osma), sino también al ámbito toledano (comarca de la Sisla, Sonseca, Puebla de Montalbán, Ajofrín, Marjaliza, Mazarambroz, Cobisa), sin contar con el largo itinerario que, desde Toledo hasta Quintana, describe Álvaro de Montalbán o las comarcas próximas a la Ribera del Duero como la Tierra de Campos, la Tierra de Ayllón, Palencia, el valle del Esgueva, la capital de la provincia, la sierra de Entrepinares, de la Demanda o de Urbión.

            Pero no crea el lector que nos encontramos ante un rosario de topónimos o ante un catálogo de nombres que se siembran a voleo. Nos hallamos ante un texto nove­lesco, ante un ejercicio narrativo que, basándose en la minuciosa reconstrucción de una época, denuncia formas de opresión y dominio, expone cómo los poderes vigen­tes utilizaban la herramienta de la ortodoxia religiosa para hacer valer sus privilegios. El texto es una clara denuncia de las prácticas inquisitoriales empleadas entonces para sojuzgar y someter a los judíos conversos o a los sospechosos de serlo.

            Tras la publicación de En el caz del Molino debemos dar la bienvenida a Juan José Calvo al mundo de la literatura. Bienvenida que permite recibir con alborozo a este nuevo acólito (no como monaguillo, sino como ministro de las letras que, con este libro, recibe las órdenes mayores y se halla en la obligación de servir en el altar) y esperar próximas obras que, sustentadas en los caminos abiertos por la que hoy presen­tamos, logren cotas de mayor ambición y envergadura narrativa. Bienvenida que nos permite recordar que el campo de la creación literaria es como una misteriosa pócima que, una vez paladeada, siempre se frecuenta, como un veneno letal que no nos aban­dona nunca.

 

4. Andanzas y cuitas amistosas con el autor   (Arsenio Escolar)[3]

            Conozco a Juanjo desde hace 35 años. Hemos hecho de todo juntos: estudiar para curas en el Seminario de Burgos, estudiar Filología en la Complutense, editar una revista literaria en Madrid, escribir libros de viajes, escribirnos cartas en verso: yo en soneto, porque soy más clásico y sé rimar mejor, y él en verso libre porque es más moderno; concursar con poemas o cuentos en premios literarios... Incluso nos dieron uno aquí, en Aranda, no sé si él se acuerda, hace ya más de 20 años.

            Juntos y solos estábamos un día que nos pegaron una docena de policías del antiguo régimen, y juntos y solos estábamos también una noche gélida de enero en que la Guardia Civil nos tuvo en calzoncillos diez minutos contra la pared de una ermita cerca de aquí, en Antigüedad, en Palencia. ¿Qué hacíamos allí? Pues eso era en 1979 si no recuerdo mal y estábamos recorriendo el Cerrato a pie con la juvenil intención de publicar un libro de viajes. Antes habíamos hecho otro viaje parecido por Las Hurdes, durante una semana. Ninguno de los dos los quiso ninguna editorial. Y uno que teníamos casi vendido, uno que hicimos por toda la Ribera para el semanario Aranda hoy, que algunos recordaréis, no llegó a publicarse porque aquella publicación cerró justo cuando iba a comenzar a publicarse por entregas nuestro trabajo.

            Este último viaje que os cuento era muy curioso: seguíamos la misma ruta que había hecho Rafael Alberti 60 años antes. Alberti tenía un hermano que era tratante de vinos y viajaba por toda España comprando género. El poeta se apuntó a uno de esos viajes y así escribió su libro La amante: en cada lugar por donde pasaba hacía un poema. Ese que todos conocéis, el de «¿Por qué me miras tan serio, carretero?»:

“Tienes cuatro mulas tordas,
un caballo delantero,
un carro de ruedas verdes,
y la carretera toda
para ti,
carretero.
¿Qué más quieres?”

            Ese se titula Peñaranda de Duero, que es el pueblo de Merche, la mujer de Juanjo. Bueno, pues ese viaje que nunca publicamos lo veo yo un poco como el telón de fondo de En el caz del Molino, la novela que hoy presentamos aquí.

            Yo creo que la novela de Juanjo tiene grandes y pequeñas virtudes. Una de las pequeñas virtudes es que recupera el paisaje, describe el paisaje. La mayoría de los escritores actuales son gente de ciudad, gente que no sabe distinguir un macho de un burro ni una encina de un roble ni una cebada de un trigo; son gente que no sabe lo que son los berros o las mielgas o espárragos silvestres porque del paisaje sólo conocen lo que han visto en los documentales de la tele, que como sabéis todos se han rodado en el Serengueti o en el Gran Cañón del Colorado, y ninguno aquí, en nuestra tierra. Juanjo no, Juanjo sabe tanto de plantas y de bichos como el mejor naturalista. Quizás no sepáis que en su casa de Toledo, en la que vivió unos diez años, había convertido una parcela de mil metros en un jardín botánico donde tenía ochenta y tantas especies, algunas tan insólitas como tres hayas que se había llevado allí desde Santander y que agarraron con una fuerza tal que un día tirarán esa casa. Yo cuento mucho en Madrid que el hayedo más meridional de Europa no es el de Montejo, como dicen los diccionarios, sino el que plantó Juanjo en Toledo.

            Otra de las pequeñas virtudes de En el caz del Molino, además de la recuperación del paisaje, es la recuperación que Juanjo hace de una serie de términos que son usuales en nuestros pueblos (en el suyo, Quintana del Pidio, y en el mío, Torrresandino) y que estaban perdidos para la literatura, porque como la mayoría de los escritores son urbanistas ni siquiera los conocen. Ya he contado ahí, en el prólogo del libro, que un profesor de Fonética que tuvimos cuando estudiábamos Filología en Madrid, se asombraba de los vocablos que Juanjo y yo utilizábamos y se asombraba de que aún supiéramos distinguir al pronunciarlos fonemas como el de la «elle» y del de la «y» griega. Estábamos rodeados de madrileños que al pollo de comer lo llamaban «poyo». Bueno, pues estaba tan asombrado este profesor, Mariano de Andrés, que un día se armó de magnetofón y se vino desde Madrid a Quintana del Pidio a grabar a los paisanos y se encontró no sólo con que todos pronunciaban los sonidos con una precisión envidiable sino que, además, utilizaban muchos más vocablos raros que nosotros, vocablos que ni siquiera estaban en el diccionario. Muchas de esas palabras están también en la novela de Juanjo.

            Os decía que la novela tiene también grandes virtudes. En mi opinión, la mayor es que aunque parece al principio un thriller, una de suspense, con una escena inicial en la que el protagonista aparece muerto en circunstancias sospechosas, se convierte luego en una novela política, en el sentido de que su asunto principal es la denuncia de los métodos terribles de la Inquisición contra los judíos conversos y la reivindicación de la libertad de pensamiento.

            Creo que en estos tiempos que corren, de intransigencia, de pensamiento único, de persecución también del que discrepa, de desprecio a las minorías, En el caz del Molino es una novela muy recomendable.

5. El autor: reivindicación y agradecimiento

            Quintana del Pidio, al igual que Castroforte del Baralla en la novela La saga fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester, es una localidad de esta comarca que no acostumbraba, o para ser más exactos, “la acostumbraron” no sé qué organismos oficiales, comarcales, provinciales o regionales a no figurar en los mapas cartográficos.

            En la última década, quizás porque en Quintana se han ubicado varias bodegas de la denominada Denominación de Origen Ribera del Duero, llama la atención que realmente existe aquí cerca una localidad con ese nombre, y no se me asusten, porque con motivo de esta presentación no ha faltado algún medio de comunicación que me haya preguntado si el nombre de la localidad donde se desarrollaba la trama de la novela era imaginario y si se correspondía con algún pueblo de la comarca, y la respuesta inmediata es que sí, que no existe, que es fruto de la imaginación de un autor y sus lectores y que como Castroforte del Baralla, Quintana del Pidio, está condenado a desaparecer en asombrosa levitación si los cartógrafos no estudian un poco más de geografía local.

 

M  M  M

 

            Quiero mostrar mi agradecimiento a todas las personas que de una u otra forma han contribuido y colaborado en la gestación y nacimiento de esta novela.

            En especial a Montse, Merche y Marina.

            A un pequeño puñado de amigos, casi todos ellos aquí presentes. Y otros ausentes, como es el caso de Avelino Hernández, a quien le hubiera gustado estar sentado a nuestro lado.

            Y, cómo no, a todos mis familiares aquí presentes.

            A mis compañeros del Instituto Santa Catalina, y a todas las demás personas que han querido perder una hora de su tiempo en este fin de semana para asistir a la presentación de este libro.

            También quiero agradecer a las instituciones públicas o privadas que han colaborado económicamente en la publicación de esta obra: Ayuntamiento de Burgos, Caja Burgos, Ayuntamiento de Quintana del Pidio y a las bodegas Valle de Monzón y Prado de Olmedo, ambas de Quintana del Pidio.

            Un saludo y mi agradecimiento para todos.

 

6. El entramado de la obra y su fragua

            Documentada con precisión de orfebre y basada en hechos históricos, En el caz del Molino es una novela de persecución e intriga. En ella se entrecruzan personajes reales (Fernando de Rojas, autor de La Celestina; el anónimo escritor de El Lazarillo, el emperador Carlos I, el ingeniero Gianello Turriano...) y ficticios  (Martín Martín, el Molinero; su esposa,  Rebeca de Montalbán...) a los que hubo de modificar sus nombres y apellidos para rescatarlos del documento donde quedó registrada la parte más dolorosa de sus vidas.

            La acción transcurre en  el pueblo burgalés de Quintana del Pidio y refleja la trágica existencia a la que se vieron abocados los judíos conversos de la Castilla del siglo XVI: “...siempre vistos con recelo y desconfianza, siempre con el temor a que se te escape una palabra, sin poder fiarte de nadie, cuando cualquier vecino se torna ojos y orejas: ¡vivimos diariamente bajo el disimulo!”.

            Sus personajes o son víctimas o son verdugos, no caben medias tintas cuando anda por medio el Tribunal de la Santa Inquisición. ¿En qué consistía un auto de fe?, ¿de qué argucias se valía la Santa Madre Iglesia para acusar de herejía?, ¿a qué penas era sometido el reo por haberse pasado a la antigua, caduca y muerta Ley de Moisés? En esta novela, hallarán las respuestas. Tan reales, y estremecedoras, como esa época en la que el hecho de ser judío, o parecerlo, era cuestión de vida o muerte.

 

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            Esta novela nació y se fraguó en los talleres de Cuadernos del Salegar, publicación en la que a lo largo de los diferentes números editados ha recogido aspectos de la más diversa índole de nuestra cultura popular: folklore, etnografía, etnobotánica, arquitectura rural, habla, medio físico e historia local. La finalidad de este proyecto editorial es la de potenciar la comunidad de La Ribera del Duero (Burgos) a través de los más diversos y variados signos que perviven enraizados en esta comunidad y que permitan a sus miembros identificarse con esos signos o formas de vida tradicionales. Las formas de vida tradicional, en esta comarca, tienen un simbolismo y una identidad peculiares, y aquí, como en todas las comunidades humanas, sus miembros precisan apoyarse en su cultura específica.

            Este proyecto contribuye a cubrir un espacio vacío y a una valorización del patrimonio rural y local de esta comarca mediante el análisis profundo de su realidad, de sus manifestaciones, de pueblos o de personas, patrimonio que en muchos de sus aspectos nos es desconocido y en muy contadas ocasiones se ha analizado y estudiado con todo el rigor histórico y crítico que merece.

            “Recibo los Cuadernos del Salegar como una bocanada de aire fresco, como una brisa densa de reducción e historia que sabe a surco y a paisaje, a infancia recreada y a madurez de brindis y que periódicamente se renueva con las estaciones” (Pascual Izquierdo).

            “De vuelta a Mallorca desde el invierno de Soria encuentro vuestra revista entre la correspondencia. ¡Increíblemente valiosa en su sencillez!” (Avelino Hernández).

            “Recibo el último cuaderno del Salegar que, unido a los remitidos en la primera remesa, forman una colección muy interesante que muestra un trabajo digno de todo elogio. Trabajo, amor a la tierra castellana, amor por la investigación y buen discurso expresivo” (Pascual Izquierdo).

[1] Nacida en Torresandino (Burgos). De 1977 a 1991 trabajó como funcionaria de Correos destinada en su pueblo y más tarde en Madrid. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid.

                Fue fundadora y coeditora de Esdrújula. Corrección de Estilo, una pequeña empresa dedicada a la redacción, edición y corrección de todo tipo de textos. Ha trabajado como periodista en las revistas Baby, GEO, Mía, Vera, Muy interesante y, durante más de diez años, en Ser Padres Hoy, como jefe de sección. En la actualidad se dedica a la literatura. Tiene dos cuentos para niños a punto de ser publicados. Y está trabajando en la biografía de Fidela Campiña, una célebre cantante de ópera del siglo XX.

[2] Pascual Izquierdo, nacido en Sotillo de la Ribera (Burgos, 1951), reside en Madrid desde 1967. Ha cursado estudios de Ingeniería Técnica de Telecomunicaciones en la Universidad Politécnica y es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha abordado la crítica literaria, habiendo preparado diversas ediciones de autores españoles del siglo XIX (Clarín, Galdós y Bécquer). Cabría destacar en este apartado la edición de las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer. En poesía ha publicado las siguientes obras: La exactitud de las catedrales; Retrospección y apocalipsis en la tierra castellana, Cisne y telaraña, En este fin de siglo, Versos de luna y polen y Pasillo para aguas, aves y vientos.

                Como prosista y dentro de la literatura de viajes ha publicado las siguientes obras: Guía de Ávila, Guía de la Ribera del Duero y Prosas de Viaje, colección de artículos que suponen una recreación literaria de itinerarios insólitos realizados por tierras de Castilla, y que han sido publicados en revistas literarias y en el Diario de Burgos. Los artículos de 1995 recibieron el premio Viatur de ese año. Actualmente está ultimando una Guía de Burgos, que pronto será editada. Asimismo, ha hecho incursiones en el género de literatura infantil y juvenil, y ha publicado el libro Historia de un cajero automático que sabía frases de amor. En 1999 ha publicado Prosa profanas del Camino de Santiago.

[3] Nacido en 1957 en Torresandino (Burgos). Licenciado en Ciencias de la Información (1979) y en Filología Hispánica (1982) por la Universidad Complutense de Madrid, en la que también ha seguido estudios de Pedagogía. Periodista en ejercicio desde hace 24 años, ha trabajado en los principales medios de comunicación. Fue director de Diario 16 de Burgos, redactor jefe fundador del diario El Sol, director adjunto del diario Claro, subdirector del diario Cinco Días y subdirector del diario El País.

                En la actualidad es director del diario gratuito 20 minutos, que fundó en febrero de 2000 como Madrid y m@s y Barcelona y m@s y que con su sus 500.000 ejemplares diarios se ha convertido en uno de los medios de mayor audiencia de toda España. Ha ganado diversos premios periodísticos (entre ellos, el Francisco de Cossío, que concede anualmente la Junta de Castilla y León) y literarios.