QUINTANA DEL PIDIO

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Textos literarios sobre Quintana del Pidio

Rafael Alberti

    En el verano de 1925, Rafael Alberti viaja desde Madrid hasta el País Vasco. El recorrido a través de un centenar de pueblos se transforma en un itinerario poético en el que el poeta andaluz, dominado por la nostalgia del mar de su infancia, se enfrenta con los paisajes desnudos de la llanura castellana. En uno de estos poemas reflejó una fugaz impresión de su paso por la carretera de Quintana del Pidio:

    Debajo del chopo, amante,
debajo del chopo, no.

    Al pie del álamo, sí,
del álamo blanco y verde.

    Hoja blanca tú,
esmeralda yo.

Rafael Alberti
(
La amante, 1925)


Pascual Izquierdo

«Al llegar al alto de Valalto giraremos a la izquierda para dirigirnos a Quintana del Pidio. Bosquecillo de pinos y carrascos. Triste bienvenida da al viajero una hilera de olmos arruinados. Todos los días suena en esta villa, a las cuatro de la tarde, un fragor de campanadas. A esa hora de siesta rural y mortecina, el campanario de la ermita de Nuestra Señora de los Olmos es agitado desde tiempo inmemorial por el mayordomo de la cofradía, que cada año se renueva y es el responsable de emitir esa señal acústica que despierta las conciencias y sobresalta a los pájaros.

Parece que es entonces, a las cuatro de la tarde, cuando comienza la vida campesina de una villa que, existente al menos desde 1190, año en que aparece citada en una carta de donación hecha por Alfonso VIII al monasterio de Silos, quedó exenta de la jurisdicción conventual en 1637. Es posible que desde entonces repique la campana, como señal de alborozo ante la liberación, o quizás desde mucho antes. Nadie lo sabe.

Lo que sise sabe es que el nombre tan botánico que luce la ermita es debido a la presencia de tres olmos gigantescos que custodian, como ángeles flamígeros de abundante plumaje, el arco conopial de la portada, traída en el segundo cuarto del presente siglo de la iglesia de Sarta Marina, templo ubicado en el cercano despoblado de Revilla.

Ya que mencionamos este nombre, nos acercaremos hasta la pequeña elevación donde, hasta antes de la última guerra civil, vivían algunos vecinos en el lugar llamado Revilla de Gumiel. Sólo rastros de casas, indicios de tapias y muros de la iglesia citada, cuya bóveda y contrafuertes fueron utilizados para construir en Aranda, en el año 1990, la capilla anexa a Santo Domingo.

Bajo el son del campanillo recorreremos las calles. La iglesia muestra un tambor embutido dentro de la propia torre. Gótico esbelto en interiores, con una sola nave y muchas necesidades de limpieza y restauración. Pilastras delicadas y bóveda de crucería.

El siglo XVII se manifiesta sobrio y certero en un palacio doblemente blasonado. Profusión de cíngulos nacidos de sombrero o bonete. Abundancia de rumores insinúan que el palacio fue habitado por monjas que se relacionaban, no se sabe si por galerías subterráneas o a través de los pasillos del aire, con los frailes del cercano convento de La Aguilera. También el siglo XVII nos trae la merced, ya citada, de la exención jurisdiccional, otorgada por el rey Felipe IV tal como se pregona en una placa de la plaza.

Recorreremos en Quintana la calle de Los Hidalgos para ver sí nos sale al paso algún representante de aquella nobleza rural y empobrecida, que se alimentaba de aire, ínfulas y palomina. Pero, hidalgo o menestral, nadie se muestra. Parece como si el vendaval de los tiempos modernos hubiera eliminado de la calle, y también de la memoria, los residuos históricos y el andamiaje de toda posible recreación.

Sí aparece en otra calle el nombre de una autoridad eclesiástica: el cardenal Sancha, eminente purpurado que habitó casa del siglo XIX, hoy herida por una grita pronunciada que hace temer por su ruina.

Una olma muestra su esqueleto seco al sol a la salida del pueblo»