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Sentado escribo esto

sobre una bicicleta

                        de montaña.

 

No hay Vegarada, Farrapona o Sanguinal que se resista

(y mucho menos el asfaltado Angliru

o la turistizada Covatilla)

ante un corazón dispuesto

a subirlos cueste lo que cueste

y a llegar arriba aunque sea hecho papilla.

 

Porque entonces olvídase ya todo,

la sed, el hambre y las barritas,

el mecagüen Vega,

el Paco cada vez está más loco,

el tengo los pies moraos cual morcilla,

el pero dónde coño están los coches,

el ya no puedo más y aquí me quedo

o que venga a buscarme el dios de los ciclistas.

 

Lo que hay son hayedos, jarales y carrascos

esperando en silencio desde siempre

a que mozos y mozas con redaños

(cojones u ovarios

si queremos ser de pueblo,

y riñones

si queremos ser exactos)

coman bajo ellos

el pan de molde con membrillo y queso,

la sardina en lata o el jamón serrano.

 

Lo que también hay son ganas de sudar por ver milagros

de natural hechura surgiendo entre peñascos:

una collada con vistas al edén cantábrico,

una trocha abierta por entre mil escobas,

un corzo esquivo huyendo raudo,

un revolcón en el barro

y unas risas

si no te has roto nada.

 

Sentado escribo esto sobre una bicicleta

                                                    de montaña.

 

Salud y muchas rutas.

 

       

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